
Eran las 8 de la mañana de un frío Sábado. Maiki se retrasaba, problemas de cacas, pero al final llegó, y cogimos la furgoneta de alquiler, nos íbamos a La Roda a currar pero con la ilusión de que íbamos a pasar un día la mar de entretenido. Además la carga y el trabajo no era probelma para nosotros.

Por supuesto en la mente llevábamos, cada uno por su lado, que manjares nos íbamos a traer de aquella tierra manchega, ¿chuletas...? ¿Miguelitos...? ....Por supuesto.
El viaje fue ameno, charlando y hablando de nuestras cosas y riéndonos mucho, fue más ameno si cabe cuando llegamos al kilómetro 170 en el Hotel Marino, un templo de la parrilla, y un santuario del cerdo. Podrá parecer un area de servicio común y corriente como otras, ¡¡No!! Este bar tie
ne una parrilla de unos 2m. de longitud por 1m. de fondo aproximadamente y repleta de brasas, en las que nos comimos un delicioso bocadillo de panceta a la brasa, un placer ilimitado para los sentidos acompañado de esas miradas cómplices, cuando dábamos un bocado, de los que saben de lo que hablan y lo que se están comiendo.
ne una parrilla de unos 2m. de longitud por 1m. de fondo aproximadamente y repleta de brasas, en las que nos comimos un delicioso bocadillo de panceta a la brasa, un placer ilimitado para los sentidos acompañado de esas miradas cómplices, cuando dábamos un bocado, de los que saben de lo que hablan y lo que se están comiendo.Luego cuando emprendimos el cámino repetimos unas cuantas veces "que rico estaba".
Al fin llegamos a La Roda cargamos el mueble de turno, con la ayuda inestimable de Dori "La Restauradora" tardamos alrededor de un cuarto de hora. A continuación como maestra de ceremonias la tía de Maiki nos guió a realizar las compras gastronomicas, para la comida luego en Madrid. Chuletas en el mercado donde Gabriel (previamente encargadas), Miguelitos recién rellenos de crema en le momento, expresamente para nosostros (una vez más, gracias a nuestra guía), y por último pan bollos y vino (el más famoso y laureado de aquella parte de La Mancha).
Con la típica sonrisa nerviosa de adolescentes cogimos carretera y manta hacía Madrid, con unas ganas de llegar para comer y beber las viandas, y con la sensación del trabajo bien hecho.

Una vez en Madrid lo primero preparar las chuletas y luego ya descargaremos, asi fue y luego... a comer. Los Muñoz y Fernández nos prepararon una comida digna de cualquier gran glotón, es decir, delicatessen y sin conocimento, como debe ser.
El montaje del mueble ya es otro cantar, lo que importó ese día es la unión una vez más, de la amistad, la buena carne, el buen vino y en resumen sentarse a la mesa con esa cómida que tu has "cazado" y luego cocinado.
Hasta la próxima

